
La comunicación es el gran abismo que separa a hombres de mujeres. Lógico: hablamos siempre en claves distintas, casi antagónicas. El hemisferio derecho, más activo en las hembras, las empuja de forma irremediable a utilizar eufemismos del tipo “tengo que hacer pipí”, “hagamos el amor” o “estoy un poquito piripi”. En aras de la decencia, creemos que podemos ahorrarnos la traducción al “hombreñol” de las anteriores frases, ¿no?
Los hombres no quedamos para hablar, aunque accesoriamente podamos utilizar el lenguaje hablado para pedir una cerveza, gritar un gol de nuestro equipo o quejarnos del volumen de la TV. En caso de necesidad extrema podemos recurrir al chat, pero... ¿pasarnos una hora al teléfono contándoos nuestro apasionante día en el tajo? Lo sentimos mucho por ti y por Vodafone, pero va a ser que no. Lo de hablar por hablar nos mola tanto como el ganchillo.
La característica barriga masculina no es un síntoma de dejadez de los hombres una vez que han “pillado”, sino un calculado sistema de protección de la pareja en ejercicio ante el acoso de otras candidatas. Si es inteligente, ella debe, por tanto, fomentar esa graciosa adiposidad con cervezas, canapés y con los típicos“no te molestes, que ya voy yo”. Eso sí que nos gusta, no movernos del sofá.
A los hombres se les conquista (también) por el estómago, así que, si una mujer te quiere, debe olvidarse de la receta del pato chino a la albahaca que recortó del último El País Semanal y hacerte una buena parrillada. ¿Que ella vive en un piso de 30 m2? Siempre le quedará llamar al Telepizza o freír unos congelados.
Ningún hombre, a no ser que sea criador, debería poseer un gato, así que cualquier minino deberá estar oculto en presencia del macho dominante. Lo mismo ocurre con los perros pequeños y chillones. Recomendamos cambiar cualquier mamífero de pelo suave por cualquier reptil con escamas, menos ruidosos y con un carácter mucho más cercano al sentir masculino.

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